martes, 2 de enero de 2018

La balanza anual

El último día del año suele tener un sabor agridulce. Inevitablemente, toca repaso de lo que sucedió durante los doce meses anteriores, y ahí encontramos las grandes alegrías, pero también los fracasos, las pérdidas, y sobre todo, aquello que quisimos que fuera y no fue. Porque, como siempre recuerda un amigo escritor, "la vida no es como debería ser ni como nos gustaría. Es como es". Y esta frase tan simple y tan categórica está preñada de razón. Por mucho que proyectemos, que planifiquemos, premeditemos y programemos, siempre habrá circunstancias que se tuerzan, bofetadas que la vida nos dé y decepciones con las que nos toque lidiar y que, con un poco de suerte, quizá logremos transformar en una pizca de sabiduría.

Tal vez por ese regusto agridulce que se nos aferra al paladar, el 31 nos lancemos a la calle en masa con ganas de jarana, dispuestos a reír, beber, bailar y conversar -unos de día, otros de noche, algunos valientes incluso todo junto y del tirón- recordándonos más que en cualquier otro momento la fugacidad de la vida. Y olvidamos el pasado y nos centramos en el presente. Al menos hasta el día 1, cuando ese repaso del año anterior se amontona junto a los loables propósitos del recién llegado.

Desde las redes sociales se proyecta indefectiblemente una visión irreal. Hay quien vierte todo en ellas (sus enamoramientos, sus duelos, sus desamores, sus borracheras, sus viajes...) y se exhibe sin pudor alguno. Reconozco que prefiero dejar los capítulos menos gratos para mí. Quizá de ahí que a menudo me encuentre con ese espejo distorsionado que me devuelven conocidos lejanos, o amigos que una vez lo fueron y el tiempo y la distancia convirtieron en simples y recíprocos followers, y la frase más común sea "me alegro de todos tus éxitos", y me vea preguntándome "¿todos mis éxitos?", aunque me sirva para recordar aquello en lo que perseveré y logré, y entonces me confirme a mí misma con una sonrisa: "sí, todos mis éxitos". Quizá igualmente por eso, cuando alguien me lanza algún dardo con ese espejo a su vez cruel y triste y aún más deformado que es compararse con los otros, me pilla desprevenida. No sé si me va mejor o peor que a otro, solo sé que, como cualquiera, tengo mis éxitos y tengo mis fracasos, tengo mis alegrías y también mis tristezas.

Dice Javier Cercas que la ficción nos salva de la realidad. Que escribimos para salvarnos. Estoy segura de que tiene, como mínimo, una parte de razón. Ignoro si quienes escribimos somos más o menos felices o exitosos que quienes no lo hacen, pero sé que lo necesito. Lo necesito para aprehender, a través de mis ficciones, la realidad en la que vivo. Para comprenderla y aceptarla y reconciliarme un poco con ella. Así sea solo un poco. Hasta el siguiente libro.

En todo caso, y como me quedo con la parte positiva de la balanza, este 2017 me deparó muchos buenos momentos, y me gustaría recordar alguno -de los literarios- aquí.

Los encuentros con lectores siempre me regalan aprendizaje y motivación en grandes dosis. Los de Madrid, Alcobendas, Campanario, Barcelona y mis buenos amigos de Pernatel-Foro así lo hicieron. 
En Campanario, junto al club de lectura Valeria, analizamos Náufragos y debatimos sobre la identidad de Emma, y también sobre si elegíamos la primera o la segunda edición (que contiene un epílogo para ayudar a desvelarla).



En Alcobendas una lectora de la saga Más que cuerpos me enseñó, con una frase lapidaria, que todavía perduran muchos estigmas sobre Extremadura: "estas tramas que cuentas serían creíbles si las ubicaras en Madrid, pero no en una tierra sin nada como Extremadura".
En Barcelona, el grupo de estudiantes de la Ohio Wesleyan University que había analizado Náufragos me maravilló con una lectura atenta que superó con creces los obstáculos que el idioma pudo imponerles.
En Madrid conocí a una editora de audiolibros que se prendó de la saga y se comprometió a grabar Destino Gijón para que esté más accesible que nunca.
Y en Pernatel-Foro, además de mucho cariño, me colmaron con datos como el número de personajes de Más que cuerpos, treinta y seis -¡no, nunca me dio por contarlos!- o con el análisis del tema social que lleva aparejado cada uno de ellos.




También hubo coloquios y encuentros temáticos. Como los de novela negra organizados por el Ayuntamiento de Moralzarzal o la Biblioteca Manuel Alvar en Madrid, o como los promovidos en el marco del 8 de marzo y el 25 de noviembre -en San Sebastián de los Reyes y Collado Villalba- utilizando como guión la lectura de fragmentos de Más que cuerpos para provocar el debate sobre la necesidad de concienciación en relación a la violencia de género. Fueron un par de mis granitos de arena en un año tan negro para las mujeres, cargado de malas noticias pero también, quiero pensar, de un BASTA YA que haga que las cosas comiencen a cambiar, que se dejen de tolerar ciertas actitudes que nos llevan a las mujeres a sentir miedo y a los hombres a creer que pueden hacer lo que les dé la gana con una mujer sola.


En el ámbito festivalero y congresual, no me perdí el Congreso de Novela y Cine Negro de Salamanca, asidua desde aquel accidentado Pensión Salamanca,  con una ponencia que, en esta ocasión, versó sobre la metaficción en la novela negra española, con la obra de mi admirado Ramiro Pinilla y su Sam Esparta como referencia.

Fantásticos recuerdos llevo en mi mochila del Festival Tenerife Noir, en el que participé en sendas mesas con compañeros de escrituras como Empar Fernández, Benito Olmo, Berna González-Harbour, José Ramón Gómez Cabezas o Xavier Borrell, o del Festival Granada Noir y de las cervezas que compartí -dentro y fuera de las mesas- con Paco Gómez Escribano, Sergio Vera, Javier Valenzuela, Mariano Sánchez Soler o Juanra Biedma.



No faltaron las ferias del libro ni los encuentros en institutos, y en este sentido me llevé la grata sorpresa de confirmar que en Extremadura cada vez más centros educativos escogen los libros de la saga como lectura obligatoria; tampoco faltaron las ponencias en jornadas como las de Miajadas o Guadalupe o presentaciones con las que recorrí el mapa desde Sevilla hasta la sierra norte madrileña pasando por Don Benito. Ni las nuevas publicaciones: la más reciente, horneada en las últimas semanas del año, Expediente Medellín, el cierre de esa minitrilogía metafictiva que comenzó como un juego con Pensión Salamanca y con la que tan bien -lo confieso- me lo he pasado. 



Me dejo muchos buenos recuerdos por mencionar, pero esto es solo un post que ya abruma -por no decir aburre-. Todos ellos, eso sí, los atesoro como lo que son: mis bienes más preciados, que tumban con fuerza la balanza anclando uno de sus platos poderosamente al suelo.